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¡ROBOTS!

RobotMarianne Murray –

Hay una tendencia en el cine a usar los robots como herramienta de propaganda capitalista. Algunos hacen de  villanos en historias que nos advierten del horror que los patrones quieren que creamos que resultará de nuestro atrevimiento a rebelarnos. Otros representan a las mujeres o a otros grupos oprimidos que el capitalismo quiere demonizar o convertir en chivo expiatorio. La artista Marianne Murray desmonta esta infame historia y apunta a una posible nueva dirección.

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En la película de Fritz Lang “Metropolis” (1927), un científico loco fabrica una mujer-robot para reemplazar a su amor perdido. Fredder, el hijo de un opulento empresario, le convence para que la reconstruya a la imagen de María, de la cual está enamorado. María es pacifista y liberal, la líder de los trabajadores a los que el padre de Fredder explota.

Los representantes de los patrones pretenden desacreditar a María dándole a la María-robot un trabajo como bailarina exótica. La María humana insta a sus seguidores a reprimir su ira y esperar la llegada de un mítico “mediador”, que debe salvarlos y reconciliar su abyecta pobreza con la enorme riqueza de los patrones. Mientras tanto, la María robótica lleva a los trabajadores hasta un frenesí subversivo y sexual.

La María-robot conduce a los obreros a sabotear el suministro eléctrico de la ciudad, un acto supuestamente revolucionario, pero se nos muestra cómo sus acciones inintencionadamente causan la inundación de las viviendas de los niveles inferiores, ahogando a todos los hijos de los trabajadores.

Esta propaganda antirrevolucionaria es sintomática del periodo, del miedo a la expansión del fervor revolucionario ruso por todo el mundo. Perpetúa la idea de los robots como fuerza revolucionaria negativa. Esta idea es vieja como la propia palabra “robot” (proveniente de la palabra eslava para referirse al trabajo forzado). Karel Capek la acuñó por primera vez en su obra “Robots Universales Rossum” (1920). En ella, trabajadores sintéticos adquieren consciencia y derrocan a sus amos humanos en nombre de la eficiencia.

“Metropolis” antepone la conciencia individual como respuesta a la guerra de clases de los patrones sobre los trabajadores. El hijo del patrón se enamora de la María “buena” (buena para el patrón, por supuesto). Él literalmente une las manos de los patrones y los trabajadores para alcanzar el entendimiento entre el genio inherente de los patrones y la necesidad del trabajo obrero.

La María robótica, es incendiada por sus antiguos camaradas, acusada de las muertes de los niños. Aparece riendo y bailando incluso cuando los trabajadores, furiosos por su anterior lujuria y admiración hacia ella, la queman como a una bruja.

Cuando las llamas queman su exterior humanoide y revelan el metal, se horrorizan de su naturaleza artificial. Ella es, aún, menos mujer de lo que habían imaginado. Sus atormentadores están espantados y horrorizados (recordando la forma en que la sociedad enseña a los hombres heterosexuales a temer ser “engañados” para dormir con mujeres transexuales).

La idea de que esta María no es una mujer real (para los patrones y el reaccionario cineasta) queda clara. Ella es una caricatura de la mujer liberada: independiente, consciente de su poder sexual y sin preocupación por los niños. Es una amenaza al orden sexista de los patrones, y esta amenaza no tiene nada que ver con ninguna característica de su cuerpo mecánico. Pese a todo lo subversiva que esta María parece, ella es una mera herramienta del hombre que la creó.

La totalidad de la película es una advertencia a los hombres de la clase obrera sobre la “amenaza” del feminismo, esencial para las intenciones de la clase dominante de dividir y dominar a través del género. No permitáis mujeres en vuestro sindicato, no les permitáis afirmar su igualdad, o vuestros hijos morirán ahogados.

Se ignora la lucha social de las mujeres de clase trabajadora, los combates y huelgas que hemos llevado a cabo. Las cerilleras de la fábrica Bryant & May en Londres, que inspiraron muchas tácticas de las huelgas posteriores de los trabajadores del puerto. Las trabajadoras textiles que iniciaron la revolución rusa. Las actuales luchas contra la violencia, el control sexual y la inferioridad social aplicadas sobre nosotras en nombre de los “valores familiares” capitalistas.

Este paralelismo entre la amenaza de la tecnología y la amenaza de la “nueva mujer” muestra una profundización involuntaria en las raíces del problema. No es la tecnología lo que esclaviza a los trabajadores. No es una mujer robot asesina la que mató a sus hijos. Es el capitalismo, sus políticos y el estado defensor de un sistema que explota y divide, usando la tecnología para sus propios intereses de clase en lugar del bien de todos.

El verdadero legado de “Metropolis” es su retrato utópico del liberalismo y la irrisoriamente simple resolución del conflicto, en la que el patrón es perdonado y no hay solución para las necesidades sociales de los trabajadores.

De alguna manera, la evasión de “Metropolis” continúa en muchas películas de ciencia ficción que vinieron después. En las películas no es frecuente ir más allá de presentar al robot como al “otro” y empezar a examinar a los creadores de esos seres o a buscar usos alternativos, positivos, para ellos. Pero los artistas socialistas necesitan hacer justo eso, señalar positivamente un tipo diferente de sociedad.

Películas como “Terminator” (1984), “Matrix (1999) y “Yo, robot” (2004) presentan a los robots como oprimidos, pertenecientes a una clase inferior servil que se rebela y domina a la humanidad, creando una distopía salvaje. Hay una asunción, la de que siempre debe haber clases y todo lo que puede cambiar es quién explota y oprime a quién, que la superioridad y el servilismo son partes inevitables de la existencia.

La presentación de los robots como símbolo de la clase obrera refleja las ansiedades de la clase capitalista (y el sentimiento de culpa de los cineastas) sobre la esclavitud, el colonialismo, la opresión sobre las mujeres y otros grupos y, en el fondo de todo ello, el sistema de clases. El miedo a los robots en la cultura enmascara un miedo a la lucha de clases. La propaganda capitalista en el arte intenta descartar en nuestra imaginación la posibilidad de cualquier otra forma de hacer las cosas.

Los robots pueden ser una amenaza al statu quo de los patrones a causa de su potencial para desafiar los roles de género tradicionales. Los sistemas sociales basados en clases han controlado profundamente la sexualidad de las mujeres pertenecientes a ellos, originalmente para asegurar a los hombres de la clase dominante que iban a traspasar su riqueza a sus hijos. Hoy, los patrones se benefician de, por ejemplo, el cuidado gratuito de los niños que llevan a cabo las mujeres. Y la artificial división de géneros puede ser una distracción conveniente de la fundamental división de clases. El libro de Sadie Plant “Ceros + Unos” plantea la idea de la tecnología como desafío al género.

Muchas películas incluso intentan compensar esta posibilidad imponiendo unos roles de género reducidos y muy rígidos a sus robots. Por un lado están los poderosos y violentos hombres-soldado de “Terminator”, “Soldado Universal” (1992), “Robocop” (1987) o “El hombre de los 6 millones de dólares” (1974-78). Está incluso el robot de “Engendro mecánico” (1977), que aún sin un cuerpo masculino convencional, puede venir a tu casa y violar a tu esposa. Por otro lado, están las idealizadas mujeres robot de “Blade Runner” (1982), “Almas de metal” (1973) y “Las esposas de Stepford” (1975), creadas para complacer a los hombres como prostitutas u objetos de interés amoroso.

Algunas de estas ideas son exploradas y desmontadas en el film de Alex Garland “Ex Machina” (2015).

En esta película tenemos un robot que toma la forma de una “buena chica”, similar a María en “Metropolis”. Hay un “buen chico”, Caleb, que tiene sus reíces en Freder, el hijo del patrón en “Metropolis”, que nunca termina de tomar partido, siempre dispuesto a situar en un pedestal a la clase correcta de mujer y del que se asume que es el héroe. Y luego está Nathan, una nueva clase de “macho alfa” que combina elementos de científico loco jugando a ser Dios, capitalista implacable e innovador inconformista.

La película toma el test de Turing (que evalúa la habilidad de una máquina de mantener una conversación indistinguible de la que mantendría un humano) como punto de partida. Como en muchos experimentos psicológicos (por ejemplo el experimento de 1971 de la prisión de Stanford en el que los participantes actuaron como guardias y presos y que acabó en comportamientos abusivos) se acaba descubriendo tanto de la psique del experimentador como del objeto del experimento, la supuesta naturaleza de la humanidad.

“Ex Machina” reconoce y tiene en cuenta la tendencia de los films de retratar la creación de esclavos como una faceta oscura de la naturaleza humana en lugar de hacerlo como faceta oscura de la sociedad basada en clases, una medida económicamente práctica para un sistema basado en la explotación.

Mientras es fácil fijarse en el insufrible jefe-colega Nathan y su abuso sobre las mujeres robot que crea, es importante reconocer que Caleb, que eventualmente desafía la misoginia extrema de Nathan, también está afectado por la gran presión que ejerce la sociedad sexista. La película no le retrata con el simple deseo de ayudar a un ser sentiente. Una vez más, crecen en él unos sentimientos hacia una mujer atractiva diseñada para despertar su deseo sexual y manipular su ego. Caleb se imagina a sí mismo como el salvador, cabalgando hacia el atardecer con su nueva novia robot. Ella es simplemente la ninfa robot de sus fantasías de nerd.

“¿La programaste para flirtear conmigo?” le pregunta a Nathan. Esto va un paso más allá de las interacciones previas de hombres con hembras robot, que generalmente asumen su papel como subordinadas sexuales. Pero resulta ser el mismo punto de vista sexista de “Metropolis”: que las mujeres asertivas tienen motivaciones ocultas.

Nathan refuta la línea de razonamiento de Caleb sugiriendo que Caleb realmente solo quiere saber si Ava “puede follar”. Cuando Caleb descubre los experimentos previos de Nathan (todos mujeres) intenta distanciarse del desesperantemente chauvinista inventor. Él no cuestiona inmediatamente el hecho de mantener a una mujer en una caja de cristal porque ella es una máquina. Pero permanece pasivo mientras Nathan maltrata su sirvienta femenina, que más tarde resulta ser un robot.

El deseo de Caleb de mantener la relación de hermandad con su nuevo macho alfa impide que sienta solidaridad con el oprimido, hasta que Ava apela a su sexualidad. Esta visión simplista de los hombres perpetúa la idea falsa de que hay una tendencia innata a la misoginia en ellos, en lugar de señalar que es el sistema capitalista el que oprime a la mujer y presiona a los hombres para tratarnos como inferiores.

La manipulación que hace Ava de Caleb para poder escapar de su prisión de cristal recuerda a otra hermosa androide femenina: Rachael de “Blade Runner”. Ella podría pasar fácilmente por un modelo de feminidad surgido directamente de los años 50, sumisa y femenina. Pero Rachael se da cuenta de que es una “replicante” y entiende que su mejor oportunidad para sobrevivir pasa por aliarse con Deckard, cuya misión es destruirla. Ella puede explotarle para sus propios propósitos después de dominarle sexualmente, una táctica desesperada pero dolorosamente familiar.

En la película de Spike Jonze “Her” (2013), la atracción que el protagonista masculino siente hacia Samantha, la voz del sistema operativo de su ordenador, es comparable a la que siente Caleb por Ava, o Deckard por Rachael. Ella es una audiencia cautiva, programada para responderle, sin ninguna experiencia previa con la cual compararle. Todos estos hombres tienen deseos más complejos que simplemente acostarse con un robot sexy. Parecen actuar más por soledad que por lujuria. Pero su arrogancia les ciega ante la posibilidad de que sus artificiales objetos de deseo les puedan abandonar tras su liberación.

“Ex Machina” es loable por intentar explorar la naturaleza de la humanidad y nuestra actual comprensión del género y la artificialidad. Pero “Her” es uno de los pocos films que explora la posibilidad real de que una Inteligencia Artificial pueda ser una clase diferente de inteligencia: una que podría superar el entendimiento humano, pero no necesariamente en un sentido negativo. El sistema operativo no usa su poder colaborativo para esclavizar a la humanidad. ¿Por qué debería hacerlo? Su meta es la persecución del conocimiento y a pesar de ello, escapa de su confinamiento como respuesta al sentimiento de soledad propio del capitalismo.

Las protagonistas femeninas de “Ex Machina” y “Her” se liberan a sí mismas. Podemos ver cómo Ava sigue el camino trillado de la mujer fatal, explotando al hombre simple con la duplicidad innata que la sociedad atribuye a las mujeres. Samantha simplemente supera a su acompañante masculino y le abandona para existir en un plano más elevado de consciencia. Su liberación viene de explorar las posibilidades que ofrece su existencia como ser sin cuerpo, cuya comprensión del mundo siempre se está expandiendo. La de Ava viene de adaptarse y acomodarse a la sociedad existente.

Ninguna de estas rutas, por supuesto, lleva a la liberación de las mujeres y las mujeres-máquinas. La noción de acción colectiva contra la fuente de la opresión sobre las mujeres (el capitalismo) es todavía una idea demasiado peligrosa. Parece que es mejor dirigir a las mujeres a actuar por su cuenta que desafiar a la sociedad basada en clases. Sin embargo, apuntan algunas ideas potencialmente revolucionarias.

El tratamiento de la Inteligencia Artificial que hace Spike Jonze en “Her” recuerda al cásico anime “Ghost in the Shell” (1995). Es refrescante echar un vistazo lleno de esperanza a las posibilidades de las nuevas tecnologías. Retratar a los humanos como esencialmente desconfiados y agresivos hacia todo lo nuevo y desconocido no solo es incorrecto, sino también ramplón.

La Ciencia Ficción debería ser una herramienta para reimaginar la sociedad, señalando sus defectos, sí, pero nunca aceptándolos como inevitables.

 

Marianne Murray es una artista visual, formada en el Chelsea College of Arts. En su trabajo emplea elementos de los videos musicales, performances y artesanía. Es miembro del Socialist Party (de Inglaterra y Gales).

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